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Desde el otro lado

Por: Arturo Balderas Rodríguez

Paranoia, sicosis y otras calamidades

En la avalancha de información, desinformación, estadísticas y caricaturas sobre la pandemia del virus que asola al mundo entero, así como de la irresponsabilidad de algunos gobiernos en no haberle prestado la debida atención a este gravísimo problema, trato aquí de evadir tan perniciosa realidad. Por tanto, me atrevo a trivializar un poco en torno a otro tipo de calamidad: el teléfono celular.

Están frescos los tiempos en los que era posible sostener una conversación con cualquier persona, fuera un familiar, un amigo o compañero de trabajo, sin ceñir la plática a la forma telegráfica que las sistemáticas interrupciones que el teléfono celular propio o ajeno impone actualmente; el mundo sigue su curso. La sal y la pimienta, habitual en las mesas, han sido suplantadas por el celular. No es extraño que en una mesa en la que departen dos o más personas lo primero que se interpone, antes del ritual de los saludos, son los teléfonos celulares. Salir a comer, o simplemente tomar un café, era una forma de abrir un paréntesis en la rutinaria comunicación propia del centro de trabajo. Eso se terminó, al menos para aquellos que consideran que el mundo no puede privarse un minuto de su atención. En el colmo de la telefonitis, hay ocasiones en que dos, tres o más comensales conversan en el teléfono celular al mismo tiempo, haciendo caso omiso de sus compañeros de mesa.

A esa pésima costumbre se añade la de quienes usan el aparato como micrófono, lo que obliga a todos en derredor a escuchar su conversación. El asunto suele no ser diferente en casa cuando alguno de los miembros de la familia, particularmente los de menor edad, suelen conversar en la mesa con amigos a la distancia ignorando a quienes están a su lado.

No se trata de refrendar algunos de los anticuados consejos del Manual de Carreño sobre la educación y `las buenas costumbres', más bien de reflexionar sobre la creciente irrupción de esos ubicuos aparatos. No en balde, en algunos sitios públicos, entre ellos restaurantes, han prohibido su uso. Tampoco se trata de suprimirlos, dada la urgencia que en algunas situaciones requiere de su uso, mucho menos en estos momentos en los que es preferible conversar de lejecitos.

El mundo vive una encrucijada y, ciertamente, no es por los teléfonos celulares, pero, al menos por hoy, la evasión de la sicosis producida por el coronavirus es cuestión de salud, pero mental.

Vía

https://www.jornada.com.mx/2020/03/16/opinion/010o2pol

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